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Lavanda, el aroma de la montaña

Es común al pasear por las montañas cercanas al Mediterráneo que un olor encantador y un tanto somnífero nos llame la atención hacia esta bella y azulada flor.

Lavanda, el aroma de la montaña

Es común al pasear por las montañas cercanas al Mediterráneo que un olor encantador y un tanto somnífero nos llame la atención hacia esta bella y azulada flor. Su abundante crecimiento silvestre ha ocasionado que desde la antigüedad se haya utilizado para multitud de propósitos, perfumes, infusiones, jabones… La facilidad de su cultivo y lo dura y resistente de la planta la han convertido en un elemento imperecedero de todas las culturas que la han utilizado.

A mediados del siglo pasado, el botánico francés Paul-Víctor Fournier la describía de una forma que casi evoca un paisaje: “Por las laderas bañadas del sol de la Provenza, dónde se despliegan sobre zonas extensas, crece en abundancia aquel elegante arbusto de ramas sencillas, tupidas, erguidas, con hojas verde ceniciento, opuestas, lineares o lanceoladas de consistencia coriácea… Sus flores desprenden una fragancia suave y penetrante, mientras que su sabor es cálido y un tanto amargo...”

Es un arbusto que puede llegar a tener 2 metros de altura, perenne y muy habitual en la cuenca mediterránea. Florece en verano y se suele recolectar durante los meses de julio y agosto. Soporta muy bien el frío, llegando a brotar de forma totalmente salvaje en alturas de entre 800 y 1.400 metros sobre el nivel del mar. En esta zona, se cultiva extensivamente en la zona occidental, siendo sus principales productores Bulgaria, España y Francia.

Si buscamos el origen de la palabra “lavanda” (o lavándula, como se llama su familia) lo encontraremos en la Edad Media, donde las lavanderas utilizaban los arbustos de la planta para secar la ropa. Parece que toma como raiz el verbo latino lavare (lavar), pero el uso de esta planta tiene unas raices mucho más profundas en la historia. Hay pruebas que demuestran que hace más de 2.500 años los egipcios la utilizaban como parte de sus ritos de momificación. Además de ser utilizada como perfume por el propia civilización del Nilo, los fenicios y varios de los pueblos de Arabia.

Posteriormente, los romanos dieron un uso mucho más amplio a esta aromática planta. Desde perfumar sus baños o aplicarla para el cuidado de sus ropas, hasta comenzar a ingerirla a modo de infusión para facilitar el sueño. En cuanto su parte medicinal, siempre se le han reconocido efectos calmantes, antisépticos, somníferos e incluso digestivos. Desde tiempos inmemoriales se han utilizado una gran variedad de técnicas para la extracción de aceites esenciales, en Roma se utilizaban para cocinar, bañarse, perfumar… De ahí que se piense que otro de los orígenes de su nombre también pueda ser la palabra latina livendula, “lívido o de color azulado”.

La tradición cristiana tiene una fuerte conexión con la planta y es mencionada con frecuencia en la Biblia, pero en estas ocasiones, con el nombre que tenía en aquel momento: nardo, del griego naardus. En el evangelio de Lucas se menciona como María le lava los pies a Jesús con un caro perfume de lavanda y esa no es la única mención, se dice que ya existía en el Jardín del Edén y además, según la leyenda, la ropa del Niño Jesús se impregnó del aroma de esta planta al ponerla María a secar sobre un arbusto de la misma. Por estas razones, la planta se considera una salvaguarda contra el mal, llegando a colgarse como protección cruces de lavanda en las puertas de algunas casas.

Sin embargo, la leyenda más curiosa que existe sobre la lavanda data del S. XII. Por aquel entonces la reina Isabel de Hungría tenía 72 años de edad y se veía afectada continuamente de achaques y dolores reumáticos. La leyenda cuenta que recuperó su salud y rejuveneció gracias a un compuesto que con posterioridad se llamó “El agua de Hungría”. Se trataba de una loción alcohólica que contenía lavanda, romero y menta entre otras plantas. Su recuperación fue tan prodigiosa y su rejuvenecimiento tan prodigioso que el rey de Polonia la pidió en matrimonio. La reina húngara declinó la oferta, ya que defendía que su amor se debía a Dios, ya que él había hecho llegar hasta ella ese milagroso elixir. La voz corrió como la pólvora y el uso del “Agua de Hungría” se extendió entre las damas de cierta edad para mantener la piel tersa y prevenir las arrugas.

Entre los productos Cristalinas, la lavanda se puede encontrar en todos los tamaños de mikados y en nuestros ambientadores para armarios.